La espalda del hombre de piel oscura golpea el muro del edificio. La fuerza del impacto resuena en el silencio de la calle. Las ramas de los árboles se mueven leves detrás de ellos.
Contra la pared
El hombre de la barba lo sujeta. Sus manos con tatuajes aprietan la negra tela de la sudadera. La otra mano, la derecha, empuja el hombro contra el ladrillo.
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La mujer observa. Su falda negra se mueve con el viento. Cruza los brazos sobre el pecho, ajusta el cuello blanco de la camisa.
El hombre contra el muro no resiste. Permanece quieto, mira al frente. Su respiración empaña el aire frío.
La luz de un farol ilumina la escena desde lo alto. Dibuja sombras largas sobre el pavimento.
El hombre de la barba ajusta su agarre. Su camisa negra con parches se tensiona sobre los hombros. Su pie derecho avanza unos centímetros, buscando equilibrio.
La mujer da un paso al costado. Sus medias oscuras brillan bajo la luz artificial. Su pelo largo y oscuro cae sobre su espalda.
Nadie más está en la calle.
La presión continúa. Un minuto. Luego otro.
La mano con el batón
El hombre de la barba da un paso corto hacia atrás. Su brazo derecho se eleva en un arco ancho. En la mano, el batón de plástico negro describe una línea horizontal contra la luz del día.
El hombre de piel oscura está contra la pared. No levanta los brazos. Mira el batón en su punto más alto.
El batón desciende. No alcanza la cabeza ni los hombros. Golpea la pared, a un palmo del brazo del hombre. El sonido es seco, un golpe sordo contra el cemento.
El brazo con el batón se retira. El hombre de la barba lo sujeta con las dos manos, horizontal, a la altura de su cintura. Da otro paso atrás.
El motor del coche ya está encendido. La puerta trasera está abierta.
Empujan al hombre de piel oscura hacia el asiento trasero. Él se deja llevar. Sus pies entran primero. Luego se sienta.
La mujer camina desde la pared hasta el coche. Se inclina. Introduce la mitad de su cuerpo en el espacio de la puerta. Su espalda, en la chaqueta negra, bloquea la vista.
Su cabeza se mueve hacia la cabeza del hombre sentado. Sus hombros giran levemente. Los largos cabellos oscuros caían sobre su rostro y el del hombre. Permanece así. Tres segundos. Cuatro.
Luego se endereza. Se aparta de la puerta. Su rostro está serio, los labios cerrados. Un mechón de pelo se le ha quedado pegado a la comisura de la boca. Se lo quita con el dorso de la mano.
La puerta del coche se cierra. A través del cristal oscuro, el hombre sentado es una silueta inmóvil.
El batón queda en el suelo, entre la pared y la rueda trasera del coche. Nadie lo recoge.
Un movimiento lateral
La puerta del coche se cierra. El motor ya no vibra. El hombre de piel oscura cruza la acera y sube unos escalones. La mujer y el otro hombre lo siguen. Entran en un edificio.
Un pasillo. Una segunda puerta. El aire cambia. Huele a limpiador y a polvo. La luz es blanca y viene de tubos en el techo.
El hombre de piel oscura se detiene en el centro de la habitación. Su mirada recorre los muebles. Se posa en la mujer. Ella se quita la chaqueta negra. La deja caer sobre el respaldo de una silla.
Su cuerpo gira ligeramente hacia la izquierda. El peso se transfiere a su pie derecho. Es un movimiento lateral, casi imperceptible, para esquivar el borde de la mesa que está a su lado.
Lo que no se dice
Ella camina hasta el centro de la sala. Se detiene frente al hombre de piel oscura. Él permanece quieto, observándola. Ella levanta una mano y acerca los dedos a su propia camisa blanca. Desabrocha el primer botón. Luego el segundo. El hombre de la sudadera negra se apoya contra un archivador. Cruza los brazos.
Ninguno habla.
- Ella desabrocha su camisa.
- Ella se acerca al hombre de piel oscura.
- Él baja la mirada hacia sus manos.
- El otro hombre se ajusta el dobladillo de su propia camisa.
- Ella se pasa la lengua por el labio inferior.
- El hombre de piel oscura aprieta los puños y luego los relaja.
La mujer termina con los botones. Abre la camisa. Debajo, el bustier negro y la piel. El hombre de piel oscura no se mueve. Su espalda está recta. Sus hombros están quietos. El otro hombre empuja con el pie para separarse del archivador. El ruido de la suela contra el piso de linóleo es seco. La mujer deja colgar los brazos a los lados del cuerpo. La camisa abierta no se cae.
Lo que sostienen
El hombre de piel oscura permanece sentado en la silla. Su postura es rígida. La mujer se acerca al asiento. Sus nalgas, cubiertas por la tela negra de la falda, descienden sobre su regazo. El peso de ella se deposita sobre sus muslos. Él no cambia de posición. Sus manos, que antes estaban sobre sus propias piernas, se mantienen quietas.
Ella ajusta su cuerpo, buscando un punto de apoyo. Su espalda queda frente a su cara. Los tacones de sus zapatos se clavan en el suelo, a los lados de las patas de la silla.
Un inventario de contactos
La habitación contiene otras cosas. Sobre la mesa de madera, cerca del borde, el portátil muestra una pantalla en blanco. Un montón de carpetas con etiquetas de colores descansa junto a la pared. Más allá, un chaleco reflectante está colgado de manera informal en la esquina de un archivador metálico. Estos objetos permanecen en sus lugares. La acción se concentra en el centro, alrededor de la silla.
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Las manos inician sus movimientos.
| De quién | Qué sostienen | Qué hacen después |
|---|---|---|
| Ella | Sus palmas se posan sobre los muslos del hombre. | Se deslizan hacia arriba, encontrando sus manos inmóviles. |
| Él | Sus dedos reciben el contacto de los de ella. | Se entrelazan con ellos, formando un bloque sobre su pierna. |
| Ella | Su mano izquierda suelta la de él. | Se dirige a su propia cintura, desabrocha el primer botón de la blusa. |
| Él | Su mano derecha queda libre. | Asciende por la espalda de ella, por debajo de la chaqueta negra. |
| Ella | Su mano derecha aún sostiene la izquierda de él. | La guía hacia arriba, hacia la costura de sus medias. |
La mano del hombre sigue la dirección que le marca la de ella. Sus dedos tocan la liga de la portaligas. La tira elástica cruje levemente al estirarse. Ella se inclina ligeramente hacia delante, arqueando la espalda. Este movimiento acerca su nuca al rostro del hombre. Él inclina la cabeza hacia adelante. Su barba roza la piel en la base de su cuello. Ella no se aparta.
La secuencia de gestos es lenta, casi deliberada. Cada acción parece preparar la siguiente. La luz del techo, fría y artificial, se refleja en el plástico del ordenador y en los ojos de la mujer, que miran hacia la pared opuesta. El ambiente de la oficina no ha cambiado, pero el foco de atención dentro de ella se ha redefinido por completo. El siguiente movimiento empieza con un ruido de cremallera.
Mientras ella no se aparta
El hombre de la barba se acerca por detrás. Su sombra cae primero sobre la espalda de la mujer, luego sobre el rostro del hombre sentado. La mujer no gira la cabeza. Sus manos siguen en los hombres del hombre del sillón, sus dedos hundidos en la tela negra de la sudadera.
El hombre de la barba apoya las palmas en la cintura de la mujer, justo donde la blusa blanca se sale de la falda negra. Sus manos bajan unos centímetros, tiran de la tela. La blusa se arruga. Los dedos con tatuajes buscan el borde de la falda, la levantan. Aparece la piel de sus muslos, la liga negra de las medias, la cinta elástica de la portaligas. La mujer arquea un poco la espalda. No interrumpe su movimiento hacia delante, hacia la boca del hombre sentado.
Las manos del hombre de la barbara desabrochan su propia hebilla. El ruido del cierre metálico es seco, rápido. Luego un sonido de cremallera. La mujer cierra los ojos. El hombre sentado mira por encima de su hombro, hacia el otro hombre. Su expresión no cambia.
El hombre de la barba se coloca. Una mano sujeta la cadera de la mujer, la otra se guía a sí mismo. Empuja. La mujer inhala, un sonido corto que se corta cuando su boca encuentra de nuevo la del hombre sentado. Su cuerpo avanza un centímetro, forzado por el empuje. La blusa se arruga más. El hombre de la barba repite el movimiento. Esta vez su cadera choca contra las nalgas de la mujer, cubiertas solo por la fina seda de las bragas y la falda ya subida.
Ella ajusta la postura. Separa un poco más las piernas, dobla las rodillas para bajar su centro. Permite una penetración más profunda. Su balanceo ahora tiene un nuevo punto de apoyo, un nuevo ritmo que viene de atrás. El hombre sentado recibe este balanceo en su boca, en su torso. Sus manos, antes inertes sobre los brazos del sillón, se elevan y se cierran sobre los costados de la mujer. Sujeta su blusa, su piel a través de la tela.
Los tres forman una sola línea. El hombre de pie empuja. La mujer transmite ese movimiento hacia delante. El hombre sentado lo absorbe y devuelve una leve presión con sus manos, un contrapeso.
Así continúan. Minuto a minuto. El sudor hace brillar la nuca de la mujer. Un hilo de saliva conecta por un instante su labio inferior con la comisura del hombre sentado. Se rompe. El hombre de la barba acelera. Su respiración se oye ahora, un jadeo ronco cerca del oído de la mujer. Ella mantiene los párpados cerrados. Su rostro está vuelto hacia el hombre sentado, pero su atención parece estar en otro sitio, en el punto donde los tres cuerpos se unen.
El movimiento se vuelve más urgente, menos coordinado. El sillón cruje. Una pata raspa el suelo de linóleo. El hombre sentado aprieta más fuerte la blusa de la mujer. La tela blanca, ya arrugada y húmeda, se estira contra su espalda.
Luego, un temblor recorre la espalda del hombre de la barba. Se queda quieto, clavado, con las manos ahogadas en las caderas de la mujer. Permanece así varios segundos. Su cuerpo se relaja. Se separa. El aire de la habitación llena el espacio que deja.
La mujer exhala, un suspiro largo y profundo. Abre los ojos. Mira al hombre sentado. Sus manos, aún en sus hombros, aflojan la presión. El hombre de la barba se aleja unos pasos, se ajusta la ropa. Su sombra se retira de ellos.
La mujer se endereza. La falda negra cae, cubriendo de nuevo sus muslos, las ligas, la portaligas. La blusa blanca sigue desordenada, fuera de la falda por un lado. Da un paso atrás, liberándose del espacio entre el sillón y el hombre sentado. Su rostro está sereno, impasible. No se toca la ropa, no se arregla el cabello. Solo da media vuelta.
Su mirada pasa por el hombre de la barba, que ya está junto a la mesa, apoyado en el borde con ambas manos. Luego mira hacia el centro de la habitación, hacia el escritorio grande. Camina hacia él. Los tacones de sus zapatos golpean el suelo con un ritmo constante, idéntico al de cuando entró.
La mesa es amplia, de superficie laminada fría. Hay una computadora portátil cerrada, una torre de archivadores, una chaqueta negra colgada en el respaldo de la silla ejecutiva. La mujer pasa junto a la silla. Apoya las palmas de las manos en el borde de la mesa. Se inclina hacia delante, arqueando la espalda. La falda negra se tensa. Mira hacia la pared opuesta, donde hay un estante metálico con cajas.
El hombre sentado en el sillón se levanta. Su sudadera negra está arrugada donde las manos de la mujer lo sujetaron. Se acerca a la mesa. Se para detrás de ella. Observa su espalda arqueada, la blusa blanca saliéndose por completo de la cintura de la falda. No toca nada todavía.
El hombre de la barba se acerca también. Se queda al lado del otro hombre. Los dos miran a la mujer inclinada sobre la mesa. Ella espera. No vuelve la cabeza. Sus dedos se curvan, agarrando el borde laminado. El primer hombre, el de piel oscura, baja la cremallera de su sudadera. El sonido es lento. Se la quita y la deja caer al suelo, cerca de sus pies. Debajo lleva la camiseta blanca. Luego desabrocha su cinturón.
Sobre el escritorio
La mujer se coloca sobre manos y rodillas encima del escritorio. La madera cruje bajo su peso. El hombre de piel oscura se sitúa de pie tras ella. Su cuerpo oculta parcialmente el reflejo de la lámpara en la pantalla del ordenador.
Sus manos agarran sus caderas por encima de la tela negra de la falda. La piel de sus nudillos se tensa sobre los huesos. La mujer apoya los antebrazos en la superficie. Un folder de cartón se desliza y cae al suelo. Ella no lo recoge.
El hombre se ajusta. La tela de sus pantalones se estira. La mujer se inclina ligeramente hacia adelante. Su espalda se arquea. Un mechón de su pelo oscuro cae sobre su hombro.
Se mueven. El ritmo es constante, mecánico. Un botón plateado de su blusa blanca golpea repetidamente el borde de la mesa. El sonido es seco, metódico. El otro hombre observa desde cerca, inmóvil. Su camisa negra no se ha abierto.
La pierna de la mujer tiembla una vez. La media se enreda en la liga de la portañuela. Ella ajusta la posición de su rodilla. La madera vuelve a crujar.
El movimiento se detiene. El hombre de piel oscura permanece quieto, con las manos aún en sus caderas. La mujer exhala. Su espalda desciende. La blusa blanca está arrugada, levantada por atrás. La piel de su espalda brilla a la luz.
El otro hombre da un paso al lado. Su sombra se une a la de ellos sobre el escritorio desordenado. El reflector ilumina el polvo en el aire.
